Pequeño edén bajo la fronda: ‘Quinta Colina del Sol’
Viernes, 30 de Julio de 2010 20:12
Amasado con el barro montubio manabita del que hacían -y hacen todavía- las familias campesinas de esta "tierra bella cual ninguna", los alambiques, comales, cazuelas, las ollas y las olletas de uso común, y aromatizado con el néctar de cacao, de café y de los naranjos florecidos del campo calcetense; arrullado, además, con el canto de los pájaros como el cacique, los tordos, palomas ‘santa cruz’, de las tórtolas y loras carirrojas muyulleras, perifraseando lo que él mismo nos dice en su libro OBJETOS DE USO DEL MONTUBIO MANABITA, encontré a Eumeny Candelario Álava Párraga, un ciudadano cuyo nombre me sonaba desde hace tiempo por sus luchas políticas y de clase dentro del magisterio, pero que no había tenido el gran honor de conocerlo hasta el domingo 18 de los corrientes cuando, en compañía de Gustavo Cañizares, nos encaminamos a su pequeño paraíso, ahí, a 2 kms. de Calceta al borde del estero Bejucal por cuyo lecho se desliza un pequeño torrente de agua límpida y cristalina que baja desde la lejana colina donde despunta el sol en cada amanecer.
Dejando la carretera que lleva a Canuto y Chone, a unos cuatrocientos metros hacia la derecha, está una antigua puerta de alambres de púas entrecruzados; sobre ella un bien diagramado letrero cuyo texto reza: "Paraje Natural y Cultural QUINTA COLINA DEL SOL, Km. 2, vía a Canuto". Desenganchamos la cadena y entramos como si nos estuvieran esperando. No hay perros bravos, no hay guardianes, no hay obstáculos. Puertas abiertas porque el paraíso es para todos. Bajo la fronda de manchas de caña, aguacates, mangos, naranjos, guabos, guachapelíes, pomarrosas y otros árboles, están las rústicas chozas, cobertizos y ramadas, entre ellos, la casita que sirve de museo etnológico y la casa-habitación de Eumeny, a quien acompañan algunos jóvenes que se desempeñan en diferentes oficios cotidianos de la heredad.
Él ya era amigo de Gustavo y la empatía conmigo fluyó como el torrente límpido del Bejucal, sin duda, porque la vida de nuestros padres tuvo análogas costumbres y, además, porque somos coterráneos de esa tierra generosa donde también es generoso el hombre que en sus campos ha emergido. Una presentación directa, sin protocolos y entramos de lleno, aunque someramente, en la identificación de nuestros ancestros y nos invitó a conocer el lugar con algunas de las construcciones un poco avejentadas por el desuso, pues, cada año hay que renovarlas para la gran FERIA. Subimos la rústica escalera de la casa-museo y ahí estaban muchos de los utensilios y objetos de uso común del montubio, citados y descritos, uno por uno en su libro. Entre ellos: el machete, el garabato, el hacha, el espeque, la angarilla y gamarrilla, el bototo, alambique, barbiquejo, cutarras y una serie de antiguos objetos o artículos que me hicieron recordar los que conocí y usé en tiempos de mi niñez en las propiedades de mis padres.
Luego nos invitó a subir un trecho de la colina, a unos 200 m de donde estábamos y a unos 25 m de altura, con respecto al plano de la zona baja. Allá es otro ambiente más acogedor: árboles más frondosos bordeando una laguna o charco natural, casi, casi circular de unos 80 m de diámetro. Unos diez patos blancos, especie de cisnes criollos, nadaban perezosamente sobre las rojizas aguas, rojizas por las hojas y maderas en descomposición por donde se había filtrado el agua lluvia de días anteriores que habían empapado la hojarasca. Allí se crían los famosos chames que no se los pesca, si no, hasta cuando han alcanzado su máximo tamaño de crecimiento, y son parte del menú en la FERIA ANUAL de la que hablaremos un poquillo más adelante.
Mientras recorríamos el lugar y dialogábamos después cómodamente sentados en hamacas y bancos de árboles caídos, los agenciosos chicos, unos expertos en el arte culinario, habían llevado todo listo para hacer un suculento almuerzo. Una sopa o locro de papas con legumbres y un bistec de pollo acompañado de abundante arroz y un ‘verde’ asado en el fogón montubio al aire libre, fue el sabroso epílogo de una visita no anunciada, pero bien recibida, bien apreciada, y por nosotros... muy bien agradecida.
Eumeny nos contó que este año será la XVII FERIA PROVINCIAL DE LA COMIDA TÍPICA MANABITA, adonde vienen expositores de diferentes cantones con las ricuras típicas de su lugar. Él invita cordialmente para que vengan todos los manabitas a la ‘Quinta del Sol’ de Bejucal el próximo día domingo 10 de octubre del 2010 - Sitio Bejucal, a 2 kms. de Calceta -"la sin par"- del Cantón Bolívar, desde las 8 de la mañana en adelante. Algunas sorpresas más tendrá en reserva para los visitantes. El recorrido por Junín o por Rocafuerte, desde Manta en vehículo particular dura aproximadamente una hora.
Esta "cita de la comida típica provincial" y en el lugar descrito, se celebra cada año y es como un encuentro de las familias manabitas que reviven sus costumbres y sus historias en diálogos amenos y recurrentes mientras degustan las delicias culinarias que menudean, los exquisitos potajes, frutas y jugos naturales para darle gusto al paladar y regalarse un banquete de sabrosuras en un ambiente bajo el frescor de la naturaleza. Preguntamos a Eumeny cuáles son algunos de los platos a ofrecer y he aquí la explicación:
Primero, la fecha es la que se resalta en negrilla más arriba y nos recomienda INVITAR al Director de Diario "El Mercurio", Ec. Ricardo Delgado Abeiga y al staff de periodistas y editores al saber que colaboro para dicho medio de información, y a todos los mantenses y lectores de dicho medio que deseen acudir y paladear los manjares que se prepararán. Entre los platos a ofrecer estarán:
"Chame pandao", aliñado envuelto en hoja de verde, encanutado. Gallina criolla en diferentes preparaciones: caldo, estofado, tamal y tonga. Un plato especial es el bistec de "pollo canclón, pescuezo pelao, pata amarilla, rompiendo botón". Acompañado de arroz graneado, jerén de maíz amarillo, aderezado con crema de maní y verde asado. Además, habrá el pato horneado y estofado. "Hornado" de cabeza (jupa) de chancho con yuca, y verde asado. El famoso greñoso de Jipijapa. Bollos de maní con chancho. Champú de San Juan, arroz con leche, chucula de plátano dominico maduro de las fértiles vegas del Carrizal, el borroque de chontilla silvestre, entre la variedad a paladear.
Allá estaremos, si Dios no dispone otro destino.
Por Luis Zambrano Robles
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